sábado, 10 de julio de 2010

Conversaciones entre una neurona y una célula de la piel de los pies



En estos tiempos extraños, en los que el desconcierto y el desánimo poco a poco se apoderan de distintos estratos sociales, tiempos en los que aún no hemos decidido pasar a la acción en nuestras vidas, esperando que los que la pifiaron resuelvan el desaguisado… ¿toca comenzar a cambiar cosas?.


En 'La contra' de La Vanguardia aparecen personas y entrevistas que inspiran, aunque sea sólo una parte de ellas lo que nos llama la atención. El 10 de junio, Ima Sanchís entrevistó a Guruji Sri Vast. Se hace llamar maestro espiritual, no es algo que me interese. Pero cuando hay personas que llaman a los demás a ser el ser humano único que son, a pensar de forma independiente y reconocer los condicionamientos con los que nos han educado, cuando se nos llama a ser más libres y a darnos cuenta de que lo que sucede a nuestro alrededor interesa a otros más que a nosotros… me lo escucho y espero que muchas personas se planteen el estado de las cosas. Podemos ser más conscientes de este Matrix en el que estamos viviendo sin vivir en nosotros.

Trascribo esta pequeña historia que ilustra las muchas –o pocas- posibilidades que tenemos de cambiar nuestra realidad…
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Estaba una neurona conversando con una célula de la piel de los pies que dependía de ella. La célula de la piel se quejaba de su triste destino, del mal olor que despedían las reacciones químicas producidas por el sudor, del gran estrés que suponía vivir atrapadas o sencillamente trituradas por el peso.

La neurona no paraba de repetirle una y otra vez que ella era responsable de su destino y que podía responder de una manera más adecuada a su situación. Que dado que su esperanza de vida era de tan sólo diez días aprovechara el momento. Carpe diem, le repetía a menudo.





La célula de la piel le decía a la neurona: 

- Es fácil para ti hablar así, pues tu esperanza de vida es tan grande como la de ella, el ser del que formamos parte. Puedes tomar decisiones que yo obedeceré sin rechistar, haciendo las mil tonterías que tú me propongas. 

La neurona espetaba: 

- Venga, querida, no te quejes tanto. Que la vida es un suspiro y tú puedes convertirla en aquello que te propongas. Olvida tu condición de célula de los pies, es más, no pienses en ella ni un solo momento y lánzate a vivir. Compra tu independencia, ya pagarán otros los costes. Conozco un banco genial que te dará todo lo que tú pidas…y, a cambio, sólo te piden tu alma.
 
- Bien, contestó la célula de los pies, como yo no creo en la existencia del alma, aquello que suceda 
cuando yo muera, me tiene sin cuidado. Valoraré tu propuesta.

En las siguientes horas, nuestra célula de los pies pudo contemplar como otras células volaron de su cautiverio en el siguiente raspado de la piel. Algunas neuronas, desde el cerebro, se ponían de acuerdo con otras neuronas para liberar a células, previo usurero pago. Algunas células volaron para disfrutar 'a todo tren' de los dos días de vida que les quedaban. Lo que no sabían, era que sus hijas y hermanas se ocuparon de pagar el resto de sus vidas aquel acuerdo cruel y traicionero que compraban las incautas células. Vender el alma era vender el futuro del colectivo al que pertenecían y, en fin, robar a las células aún por nacer la oportunidad de vivir el espacio de vida que les tocaba: quedaban hipotecadas por sus antecesoras.
‘Carpe diem, amiga, carpe diem’. Las células que abandonaban el cuerpo disfrutaban las primeras horas, pero comenzaban a sentir que sin el contacto con sus congéneres la vida tenía muy poco sentido. Tampoco podían morir en paz cuando comprendían las trampas que les tendieron algunas neuronas desde el cerebro. El problema no era cuestión de esa neurona o la vecina. Era todo el cerebro que conspiraba para vivir bien a costa de las pobres incautas que caían en el sistema inventado. 

Visto lo visto, nuestra amiga tomó la decisión de ponerse de acuerdo con las células hermanas y vecinas: se convirtieron en una pequeña comunidad que mutó en lunar. Su condicionamiento genético no les dejaba demasiadas opciones, pero escogieron entre lo poco que tenían para hacer lo mejor que supieron: mejorar la vida de todas las células de la piel. Podían haberse convertido en vulgar verruga, que incordiara todo lo posible a las neuronas y al ser, que no enteraba de lo que estaba pasando. No obstante, consiguieron crear un bello lunar. Este era tan atractivo para la chica que tomó más conciencia de sus pies y a partir de entonces los cuidó con más esmero, dejando de lado los kilométricos tacones y las malas costumbres. 

Esa pequeña comunidad hizo por los pies lo que nunca interesó a las neuronas. Esas células de vida corta y pocas posibilidades no les importaban en absoluto. Fue la pura belleza la que cambió el sistema, trascendiendo los egoístas pensamientos de miles de neuronas que conspiraban por tener más poder que la vecina y llamar la atención de ella con absurdos pensamientos que la hacían estar desconectada de sí misma.
Nuestra amiga célula se quedó en los pies por amor y responsabilidad. Consiguió cambiar la realidad desde sus límites, desde su pequeño espacio de vida y consiguió transformar más que todo el pie en su conjunto, que vivía de forma más desconectada y sin sentido. 

En ese ser pasaron muchas cosas, poco a poco el cuerpo se fue transformando, tomando conciencia de sí y haciendo servir sus posibilidades que, unidas, eran mucho mayores.

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