sábado, 17 de noviembre de 2012

Orientaciones sobre el sueño infantil

Uno de los temas recurrentes que aparece en las charlas con familias es el sueño y la hora de ir a dormir. Bastantes familias manifiestan dificultades para conseguir que los niños se vayan a dormir y otras reconocen que los niños no duermen las horas que éstos necesitan. Los niños recién nacidos deben dormir alrededor de 16 horas diarias. Entre los 2 y los 4 años deberían dormir 10 horas durante la noche y dos siestas durante el día. Durante la edad infantil, se recomienda que los niños duerman unas diez horas diarias. En la adolescencia los chicos y chicas suelen dormir alrededor de 7 u 8 horas diarias: que sea una práctica habitual no significa que sea recomendable. Esta falta de descanso produce somnolencia diurna, lo que indica que no duermen lo suficiente.   

Para facilitar estrategias que faciliten que irse a la cama sea un momento de calma, confort e intimidad con los padres, transcribo a continuación un documento publicado por el Instituto de investigaciones del sueño en su página web.
En otra entrada de este mismo, que publicaré a continuación, encontrarán otro artículo que aborda un problema con el sueño en nuestro país: el 60% de los niños españoles no duerme las diez horas diarias recomendadas por los especialistas. Ello supone que el 30% de los niños sufran, entre otras consecuencias, somnolencia diurna. Por lo tanto, ¡a dormir todos un poco más!.  

El Sueño Infantil, por Instituto de investigaciones del sueño
 
Los niños no son ajenos a los trastornos del sueño. Se estima que entre el 25-30% de las visitas al pediatra están relacionadas con algún problema ligado al sueño, y los padres pueden hacer mucho para ayudar a sus hijos a tener el sueño profundo y reparador que necesitan para crecer, vivir sanos y mantenerse bien despiertos durante el día.
Cualesquiera que sean los problemas nocturnos en una familia (conseguir que se vayan a la cama, o que se queden en ella), hay que tener presente que son frecuentes en muchos hogares, al menos ocasionalmente. Las parasomnias , la ansiedad provocada por la separación y el insomnio causado por malos hábitos , el estrés , las enfermedades, algunos medicamentos o la sobreexcitación son causas suficientes para alterar el sueño, que pueden darse en cualquier familia en cualquier momento.

Sueño y vigilia en los niños

Desde antes del nacimiento, los niños tienen neuronas cerebrales con capacidad de ejercer como “reloj biológico” y el control del sueño y de la vigilia está determinado por este reloj biológico, que permite que el niño duerma a ciertas horas y esté despierto a otras. Sin embargo, el funcionamiento de este reloj biológico, también se ve influido por las condiciones medioambientales de luz-oscuridad, de modo que en condiciones de oscuridad, nuestro cerebro segrega una hormona llamada melatonina, que facilita el sueño, mientras esta hormona es inhibida por la luminosidad exterior. Aproximadamente, a partir del tercer mes de vida se aprende a sincronizar estas dos informaciones, de manera que puede empezar a coincidir el ciclo vigilia-sueño con el ciclo día-noche.

¿Cuántas horas necesitan dormir los niños?

Un recién nacido duerme un total de 16 horas diarias, en 6 – 8 episodios de sueño de 4 horas cada uno, con periodos intercalados de vigilia. Así, el recién nacido no respeta la noche, despertándose una o varias veces a lo largo de la misma.
Desde el primer mes hasta los 3 – 6 meses, la duración de los despertares nocturnos va disminuyendo y empieza a dormir de manera continua prácticamente durante toda la noche. No obstante, en casi un tercio de los niños en edad preescolar persisten estos despertares nocturnos, como consecuencia de una consolidación inadecuada del período de sueño nocturno.
Entre los 2 y los 4 años duermen por la noche unas 10 horas, más las dos siestas habituales. A partir de los tres años de edad va disminuyendo la “necesidad” de dormir durante el día, hasta prácticamente desaparecer antes de los seis años.
De los 5 a los 10 años de edad, el sueño alcanza un grado de madurez suficiente como para permitir la comparación con el adulto. Aunque existen importantes variaciones individuales, el número de horas de sueño suele ser 2,5 veces superior al adulto y la proporción de sueño REM es similar a la del adulto.
Pasados los 7 años, no es habitual que el niño necesite dormir la siesta. Si ocurre, lo más probable es que por la noche duerma menos de lo que necesita o que padezca de algún problema durante el descanso nocturno.
A partir de la adolescencia, el número de horas de sueño disminuirá hasta un promedio de 7 a 8 horas, que podría ser insuficiente ya que se produce un incremento de la somnolencia diurna, que ha llevado a pensar que las necesidades totales de sueño no disminuyan sino que aumenten durante la adolescencia.

¿Cuándo debemos sospechar un problema de sueño en un niño?

Las necesidades de sueño varían considerablemente. No hay un patrón de sueño homogéneo y lo que necesita un niño no tiene porque ser aplicable a otro. Sin embargo, si le cuesta regularmente conciliar el sueño o mantenerlo a lo largo de la noche o si se encuentra cansado y soñoliento durante el día, se debe sospechar la existencia de un problema de sueño o de los hábitos que conducen a éste.
Algunas causas conductuales y psicológicas de los problemas de sueño infantiles
  • Malos hábitos:
Al igual que en el adulto, en los niños pueden producirse dificultades para iniciar o mantener el sueño, aunque raramente se quejan de este problema y suelen estar contentos de permanecer despiertos.
La iniciación del sueño requiere una compleja coordinación de circunstancias biológicas y de conductas aprendidas: Por un lado, el organismo tiene que estar fisiológicamente preparado para el sueño. Por otro lado, las conductas que realizamos en los momentos previos a dormir, se acaban convirtiendo en rituales facilitadores del sueño que cuando faltan, nos impiden dormir.
Los rituales de conciliación también son necesarios en los niños, y con frecuencia el problema del insomnio infantil no se debe a despertarse por la noche, sino a no poder volver a dormirse, debido a que los estímulos que asocian al inicio de sueño, no están presentes a mitad de la noche cuando se despiertan (papá o mamá, luz, cuento…).
  • Estrés debido a horarios irregulares, sobre activación, problemas familiares, miedos infantiles o ansiedad de separación
Los niños necesitan de la rutina para desarrollarse, ya que ésta les ofrece seguridad. Cuando ésta seguridad se encuentra amenazada, los niños reaccionan mostrando su ansiedad a través del llanto, cambios de conducta y resistencia a dormirse por la noche. Se comportan de la misma manera cuando, tras un día excitante se les dice que tienen que acostarse, ya que el dormirse supone un cambio sobre la actividad que tanto están disfrutando. A veces, el problema puede provenir de la existencia de horarios familiares excesivamente irregulares.
Otra causa frecuente de las dificultades para iniciar el sueño es la realización de siestas largas por la tarde, por ello, ante un problema de insomnio infantil, una de las primeras medidas a considerar va a ser la reducción o incluso supresión del sueño diurno (siestas).
Un niño puede tener dificultades para separarse por la noche del resto del mundo o pueden captar cambios sutiles en el ambiente familiar, y ser una causa de problemas a la hora de acostarse. Incluso en la seguridad de un hogar feliz los niños pueden llegar a tener miedo de la oscuridad o de criaturas imaginarias situadas en las esquinas oscuras del dormitorio.
Sea cual sea el caso, la respuesta de los padres tiene que ser siempre de apoyo. Hay que hablar con el niño de sus temores y miedos.
En los niños de más de tres años pueden utilizarse técnicas de refuerzo positivo como premios si su conducta es la apropiada.

Algunas causas médicas de insomnio infantil

Algunos problemas médicos que convienen descartar ante un niño con insomnio:
Alergias: Los niños afectados dormirán de modo fragmentado e interrumpido.
Dolores: Las otitis y los cólicos son muy frecuentes en los niños. Cualquier cuadro que produzca dolor, molestia o fiebre nocturna interrumpirá el sueño nocturno. Si el cuadro se cronifica, con el tiempo se suele haber condicionado malos hábitos de sueño en el niño, que pueden persistir pese a la desaparición del dolor, probablemente por desajustes en el ritmo de sueño y por la adquisición de malos hábitos.
Enuresis: Es probable que la enuresis sea el más estresante de los trastornos del sueño para el niño, ya que no solamente es una fuente de pérdida de sueño, sino también de vergüenza. Se considera que existe enuresis cuándo a los cinco años de edad no existe aún control sobre el esfínter de la vejiga. La enuresis afecta a el 15% de los niños y al10% de las niñas, aunque la mayoría de ellos mejora a medida que crecen, conviene acudir al médico para buscar solución y acelerar el proceso.
Enfermedades crónicas: En principio, cualquier enfermedad crónica es susceptible de causar alteraciones persistentes del sueño. Trastornos tales como dolores de cabeza, asma, diabetes mellitus, reflujo gastroesofágico o crisis epilépticas pueden alterar el sueño de quién lo padece. El problema de insomnio puede ser una consecuencia directa del problema, del tratamiento, o de la ansiedad generada por la enfermedad. Por todo esto, es conveniente que como primera medida el niño sea sometido a un examen médico lo más completo posible por parte de su pediatra.
Medicamentos: Cualquier medicamento puede llegar a alterar el sueño. Medicamentos relativamente inocuos que son prescritos para tratar enfermedades agudas o crónicas pueden llegar a perturbar el sueño (p.ej. los antibióticos, los bronco dilatadores, etc.)
Una vez localizado el problema (por asociación temporal entre el inicio del tratamiento y del trastorno de sueño), debe de interrumpirse el tratamiento siempre que esto sea posible. Si no lo es, deberá intentarse; cambiar la hora de la toma, modificarla dosis, emplear otro medicamento similar, mantener el mismo fármaco pero utilizar un preparado diferente, variarla vía de administración.
Otras causas médicas que deben ser tenidas en cuenta son problemas dentales, gastrointestinales, alergias y apnea del sueño. También es conveniente descartar la presencia de parásitos.

El sueño de los niños con hiperactividad infantil.

Son niños generalmente inquietos, tienen dificultades para permanecer y completar las tareas que realizan, están distraídos y frecuentemente molestan a otros niños en el colegio, lloran fácilmente, y tienen oscilaciones en el estado de ánimo. Con frecuencia muestran inquietud e hiperactividad. Se frustran con facilidad ante los esfuerzos y pueden tener conductas destructivas. Durante el sueño, el síntoma más característico es la presencia de despertares frecuentes y de sueño inquieto. Los problemas relacionados con el sueño son comunes en estos niños, presentando el 16.5% dificultades de iniciación del sueño y el 39% despertares nocturnos. Es importante el diagnóstico precoz y el tratamiento, ya que el trastorno de hiperactividad y la falta de sueño se retroalimentan mutuamente, de modo que un niño hiperactivo suele tener problemas de sueño, y a su vez, la falta de sueño produce hiperactivación y déficit de atención diurnos.

¿Qué hacer? Plan de tratamiento para el insomnio infantil

Si sospechamos que la causa puede ser médica, hay que acudir al especialista con el niño, para resolver el problema.
Si sospechamos que la causa puede estar en hábitos de sueño mal aprendidos o problemas conductuales, podemos intentar poner en marcha el siguiente plan, acudiendo al psicólogo o al médico especializado en estos problemas si pasada una semana no conseguimos resultados.
La base del tratamiento es tan sencilla cómo hacer que el niño aprenda a realizar la transición entre la vigilia y el sueño sin la participación de sus padres. Todo el tratamiento se debe de realizar en menos de una semana y, si sigue fielmente las instrucciones, las posibilidades de éxito son elevadas.
El niño debe de aprender a dormirse solo, bajo unas condiciones que se puedan reproducir cuando se despierte a media noche.
En algunos casos se producirá un empeoramiento durante los primeros dos o tres días, por lo que es aconsejable iniciar el plan de tratamiento durante el fin de semana, de manera que si los padres no duermen las primeras noches puedan hacerlo al día siguiente.
  • - Colocar al niño en la cama o cuna con sólo aquellos objetos favoritos y que puedan permanecer junto a él durante toda la noche para que se acostumbre a dormirse junto a estos objetos y los asocie con el sueño. Así, si se despierta en medio de la noche, podrá volver a dormirse sin necesidad de nadie.
    • - La habitación debe de estar oscura, tranquila y con una temperatura confortable.
    • - Los padres pueden tranquilizar y confortar al niño hasta que esté tumbado tranquilamente en la cama. Una vez que esté tranquilo en la cama o cuna, la madre/ padre deberá abandonar la habitación.
    • - Si el niño comienza a llorar, no hay que acudir inmediatamente. Pasados unos minutos (al menos 2 minutos) la madre o el padre podrá volver a la habitación a confortar al niño, que no debe moverse de la cama, hasta que esté tranquilo (aunque despierto). Entonces el padre/madre deberá abandonar la habitación.
    • - Si el niño vuelve a llorar, el padre/madre esperará un tiempo ligeramente más largo (p. ej., 2 a 5 minutos) antes de entrar y repetir el paso anterior.
    • - El proceso deberá ser repetido (manteniendo el tiempo de espera en no más de 2 a 5 minutos durante la primera noche) hasta que el niño esté dormido.
Hay que tener en cuenta que durante esta primera noche, el proceso de lloro-respuesta puede durar varias horas hasta que el niño llegue a dormirse. Ahora bien, el plan sólo tendrá éxito si somos persistentes y consistentes con el “tratamiento” y no cedemos a la tentación de coger al niño de su cama. Resulta conveniente involucrar en el plan a todas las personas que cuidan del niño para asegurarse la consistencia en la ejecución del plan.
Las noches sucesivas, se van alargando progresivamente los tiempos esperados para pasar a tranquilizar al niño si llora. Los tiempos de espera suelen ser proporcionales a la edad de los niños (a mayor edad, se debe esperar más tiempo).
    • Las intervenciones de los padres deberán ser de apoyo. El niño debe de saber que están cerca y que le entienden.
    • Los padres no deben de exteriorizar nunca enfado ni frustración. Tampoco deben de permitir que estas emociones aumenten a medida que progresa la noche.
    • La mejoría suele verse generalmente a partir de la tercera noche. Los despertares nocturnos suelen ser más cortos, y el llanto va siendo más débil y breve. El niño va aprendido a quedarse dormido por sí sólo sin la ayuda de sus padres.
Es aconsejable que a lo largo del tratamiento los padres cumplimenten un diario de sueño con el fin de documentar el avance. Éste servirá tanto a los padres como al médico para supervisar el proceso. Una vez haya aprendido el niño a dormirse sólo, continuará haciéndolo en el futuro. No obstante, es posible que se produzcan ligeras alteraciones en épocas en las que el horario habitual se vea alterado como en las vacaciones, cumpleaños, etc. La persistencia de estas recaídas dependerá de la forma en que respondan los padres: Si la respuesta se produce de acuerdo al plan enunciado, las recaídas se resolverán solas y el niño continuará durmiendo bien.


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